La sorpresa

Al día siguiente, como ya les he contado en el post anterior, Vince me preparó una sorpresa.

Pero no nos adelantemos.
Esa mañana Vince se había repeinado así todo para atrás…
Con una ondita en el flequillo y esos ojazos que tiene… Yo me seguía muriendo.
Foto aquí abajo de ese día:

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Le dije: Te pareces a Kendji Girac.

(Para todos los que no saben quien es este ser, es un cantante francés medio gitano, medio españolado y medio reggaetonero. Sus canciones me encantan porque mezclan el francés con el español y son mega bailables. Sin olvidarnos que el tío está como el pan con mermelada…)

Vince me iba a presentar a su mejor amigo JB que salía con una chica llamada Jade que ahora vivía en Bélgica. Cofff cofff, ¿les suena?

Nos fuimos a comer a un restaurante en una plaza de Lyon los cuatro.
Después de comer una ensalada lionesa y unas quenelles, me dijo: ahora toca una sorpresa.


Odio que me digan eso porque hiperventilo hasta no saber qué está pasando.

Aparecimos en la Place Bellecour. Habían mil personas y un escenario. ¿WTF está pasando?
Sí, me llevó a un concierto. Y no a cualquier concierto… ¡el concierto de KENDJI GIRAC!

Después de todo el frenesí y de cantar como una loca, casi sin voz le dije: te quiero.
Me miró a los ojos y me dijo: yo también.

10/10/2015

Eramos novios.

El día que llegaste tarde

Vincent vino a Madrid después de tres meses sin vernos – En septiembre.
Se fue a los dos días.

Su breve visita se terminó con un: ven a visitarme a Lyon el próximo mes.

(obvio que quería ir a verte, tonto! Menos mal me lo pediste tú y no tuve que sufrir durante semanas pensado: ¿cómo se lo propongo?)

Desde que se fue, me compré medio H&M y Zara. Preparar mi maleta para dos días nunca me costó tanto. Este me hace ver bonita pero es un poco putón. Quiero que me vea bonita y guapa. Que se enamore de mi…

Cuando llegué al aeropuerto, Vince no estaba… jajaja De hecho en los dos años que estamos juntos, ha llegado a recogerme puntual dos veces. Casi me muero. Había estado practicando la cara que poner cuando se abrieran las puertas automáticas y que él estuviera ahí. Pero no me había imaginado que no iba a estar y que me iba a sorprender en cualquier momento desde cualquier otro ángulo…

Tengo que ver por dónde viene pero que no se note que lo estoy buscando. Tengo que parecer que no estoy ansiosa. Que me da igual…

Al fin llegó con dos cafés en la mano y con una sonrisa enorme. Me morí de amor.

Me acuerdo la ropa que tenía puesta. Estratégicamente, había comprado un pantalón jegging (lado sexy) y un jersey rosa de gatitos (lado mono y sweet). Foto aquí abajo.

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¿Cómo lo saludo? ¿Le doy un beso en la boca? 

Al final nos abrazamos… un abrazo rarísimo. Nadie sabía qué hacer.

Al día siguiente me presentó a su mejor amigo.
Me había preparado una sorpresa. Nunca nadie me había preparado una sorpresa…

Era feliz.

El comienzo de nuestra relación

Cuando Vincent se fue, no quise aceptarlo, pero una partecita dentro de mi gritó:
¡No te vayas!
¡Nos conocíamos de hacía una semana! ¡Nos habíamos visto dos veces!
¿Cómo me voy a poner triste porque se vaya alguien que casi no conozco?

Ambos intentamos pasar página.
Dejamos de hablarnos.
Nos volvimos a hablar.
Cancelamos nuestros planes de vernos.
Volvimos a intentar quedar.
Hasta que un día finalmente Vince me escribió: Compré el billete.
El gritito del que les hablé antes volvió a gritar.
(fue algo como uiajsdioajsodjiasjdiajsdoijaosjd).
¿Qué me pasa? ¿Por qué me emociono? ¡Casi no nos conocemos!
¿Vince, te acuerdas ese día que me llamaste? No esperaba que me llamaras.

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Desde entonces no paraste de llamarme. Y yo no paré de sonreír cada vez que veía tu nombre en la pantalla de mi móvil.
¿Me estaba enamorando? Probablemente…

El día que te conocí

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Nuestra historia no empezó como un cuento de hadas.
Nuestra historia empezó como una historia real.

Dos miradas que se esquivaban.  Dos sonrisas acaloradas por la temperatura en Madrid.

Y comenzaron los juegos.
Los colores, los brillos.

Pero sobre todo la distancia.
La timidez de mis pestañas y las carcajadas a lo lejos.
Ninguno se atrevía. Ninguno se levantaba.

Parecíamos tan distintos pero ambos teníamos algo claro: Ninguno buscaba nada.

Aún recuerdo cómo más tarde pude sentir su barba contra mi cara cuando nos dimos el primer beso. Recuerdo cómo me rodearon sus brazos y cómo sentí que me moría un poquito.

La música se apagó dentro de mi cabeza y todo lo que recuerdo es en cámara lenta.
Me tomó por la cintura y giró mi cuerpo contra el suyo.

Éramos solo él y yo y nuestra botella de Ballantines.